Enciclopedia de la Literatura en México

Hernán Cortés

Acostumbró el conquistador escribir siempre con llaneza, atropellamientos de lengua hablada, sabores de locución casera y aun proverbios —no obstante que sus epístolas iban enderezadas a la persona imperial —y, en suma, esa estilística viva que Karl Vossler justifica en su estudio sobre Benvenuto Cellini. Con todo el respeto que nos merece una de las autoridades críticas que más veneramos, nada encontramos en el rasgo de aquella pluma que pueda llamarse “rápido” y “nervioso”. Al contrario, lo sorprendente es aquella manera solazada y lenta, en medio de las alarmas militares.

Baltasar Gracián, preciosista extremado para quien el enigma es condición estética y “el jugar a juego descubierto ni es de utilidad ni es de gusto”, dice que Cortés, magnífico en las armas, si llega a consagrarse a las letras nunca hubiera pasado de una discreta medianía, que es juzgar de lo que no existió. Francisco de Quevedo afirma que se equivoca quien llamó hermanas las letras y las armas, “pues no hay más diferentes linajes que hacer y decir”. Lo desmienten muchos ejemplos, y más cuando se dice lo que se supo hacer, de cuyos aciertos están llenos los libros.

Desde luego, el antiguo estudiante de Salamanca, que conocía sus latines, era algo poeta; según Bernal Díaz del Castillo, se manifestaba con muy buena retórica en sus charlas con los entendidos, sembraba sus arengas de heroicidades romanas —amén de su ingénito don de convencer y atraer—, y no carecía de letras. Y a ellas volverá en la desengañada vejez, fundando en su propia casa la primera academia al modo italiano que se conozca en España, donde se congregaban, en busca de plática sustanciosa, hombres tan eminentes en humanidades y en gobiernos como

el liberal Cardenal Poggio, el experto dominico Pastorelo —arzobispo de Callar—, el docto fray Domingo del Pico, el prudente D. Juan Destúñiga —Comendador Mayor de Castilla—, el grave y cuerdo Juan de Vega, el ínclito D. Antonio de Peralta —Marqués de Falces—, don Bernardino su hermano, el del excelente juicio, D. Juan de Beaumont, y otros que por no ser largo dejo de nombrar.[1]  

 

Con ojo y pincel maravillados, retrata Cortés la vida y costumbres del país, sus ciudades, sus artes, sus ceremonias; a todo lo cual comunica una animación y da un tratamiento minucioso que nunca concede a sus propios actos. Pues, en rara armonía de cálculo y temperamento, se explica poco sobre sí mismo y acepta con sobriedad y sin embriaguez sus éxitos y sus reveses. Viajero dispuesto a entender, no se desconcierta ante lo exótico. Narrador incomparable, descriptivo de singular nitidez, no disimula su pasmo ante la cultura indígena. Sus Cartas resultan un himno a la “grandeza mexicana”, tan expresivo en su prosa espesa y embarazada de artejos como el que más tarde entonará, con atuendo artístico y sonoras sílabas contadas, el elegante Bernardo de Balbuena; y acaso también sea más sincero. La emoción auténtica ante las maravillas del Nuevo Mundo —advertía Alexander von Humboldt— se nota mejor en los cronistas que en los poetas.

Pero, a poco que un rasgo o una circunstancia, por inesperados que sean, acomode en sus planes y le ofrezca alguna utilidad, y aunque hoy a nosotros nos parezca una de las fantasías mayores de la historia —así cuando Moctezuma, temblando de pavores místicos y transido por la angustia de los presagios, le revela aquellas profecías de Quetzalcóatl que lo han desarmado moralmente, nuevo rey Latino ante Eneas, el emisario de la fatalidad—, Cortés se queda al instante frío y fríamente mueve la pieza en su ajedrez. Se apagan sus ojos, se le seca el alma, ya no ve más que su provecho. El orden de la acción, o mejor el orden cerebral, domina al orden contemplativo. Es el espíritu de conquista que reclama sus fueros. 

Esta alternativa corresponde a las dos etapas de la campaña, discernidas por la perspicacia de José María Luis Mora. La primera etapa es de persuasión, de encantamiento; se cierra con la llegada a Tenochtitlán, y a lo largo de toda ella Cortés ha venido soñando en un posible arreglo, en quedarse acaso con su presa mediante la sola astucia. En el abrazo con que Cortés se acercaba a su conquista, si hay sangre, también hay amor, y él mismo se siente conquistado. Por eso se ha dicho que, si las Cartas son nuestros Comentarios de las Galias, Cortés, incapaz de medirse con César en la pureza de un estilo profesional, lo supera por el entusiasmo y la simpatía. Hasta se lo ve ilusionado con una quimera política tan inmensa, que relega al segundo plano el primer impulso de la codicia. Más tarde, y a pesar de los contratiempos que lo esperan, esta quimera —tal vez acariciada en la intimidad de la familia, al punto que pudo inspirar las ambiciones de autonomía en el corazón de sus hijos— asume la figura de un vasto orbe chino-mexicano que hubiera mudado la gravitación de la historia y que el Virreinato corrige con preciso dibujo. 

Pero, al sobrevenir la segunda etapa, cuando se levanta Tenochtitlán como una fiera que despierta y Cortés tiene que escapar precipitadamente, en fuga desastrosa; cuando comprende que tampoco él está en un lecho de rosas y no todo había de ser “vida y dulzura”; cuando cae la venda de sus ojos y, desde lo alto del templo de Tacuba, se le oye suspirar contemplando a la ciudad perdida, padece la crisis más amarga de su existencia; reacciona como el amante que, ciego y egoísta ante el ajeno albedrío, se halla de pronto amante engañado. Y empieza la etapa propiamente militar. Sucede al seductor el guerrero. Ya no ve delante de sus ojos más camino que la violencia.

Tal es la dinámica de la conquista en las disyuntivas de su ánimo. Ellas explican crueldades e imprudencias, que más de una vez desgarran la malla tejida astutamente durante su ascensión hacia la meseta de México; ellas, la impaciencia con que quiere colmar aquel abismo de la religión que lo separa del objeto deseado, como si la decisión de un solo hombre en un solo instante bastara para realizar el portento en que se agotaron las misiones. Cortés acusa de todo al error que significó la expedición de Pánfilo de Narváez, al celo de Diego Velázquez para sostener su endeble principio de autoridad. Pues las reyertas entre unos y otros españoles corrompieron el prestigio, casi divino, de que ya empezaban a gozar los Hijos del Sol entre aquellos recelosos testigos de su conducta. Pero la culpa es más honda: está en el desaire de Cortés para el sentimiento religioso y nacional del pueblo indígena; en su desconocimiento, a veces, de aquella energía fundamental que se llama de mil maneras y que nos subleva contra todo empeño de sujeción a la voluntad extraña.

 


[1] D. Pedro de Navarra, Diálogos de la preparación a la muerte (el tema de una de las sesiones), Zaragoza, 1567, fol. 39. 

 
 

Hernán Cortés. La gran Tenochtitlan

Editorial: Pequeños Grandes Ensayos. Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial / UNAM
Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Dirección: Margarita Heredia
Operación y postproducción: Pablo Flores / Cristina Martinez / Sonia Ramírez
Año de grabación: 2008
Género: Ensayo
Temas: En las Cartas de relación, Hernán Cortés informa al emperador Carlos V sobre los descubrimientos en el nuevo continente y los grandes sucesos de la Conquista. Extraído de dichas epístolas, en el relato “La gran Tenochtitlan”, Cortés describe sus primeras impresiones respecto al encuentro con una de las más destacadas civilizaciones indígenas: la ciudad de Tenochtitlan, el transcurrir de la vida en una ciudad lacustre, la hermosa arquitectura de sus templos y la enorme riqueza natural de los alrededores. El doctor Ernesto de la Torre Villar subraya las virtudes de esta misiva escrita por Cortés: “La descripción que nos hace de la gran Tenuxtitlan representa el primer gran retrato de una ciudad maravillosa que conmovió la mente entusiasmada y asombrada de los europeos. Prodigiosa imagen de la ciudad asentada en los lagos, con una majestad y grandeza excepcionales. Tal es el valor de este relato, el primero que conocemos, el más palpitante y vivo”. La versión escrita de este título puede consultarse en la colección «Pequeños Grandes Ensayos», publicada por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. D.R. © UNAM 2009