Enciclopedia de la Literatura en México

Jesús Urueta

Ángel Muñoz Fernández
1995 / 08 ago 2017 12:28

Nació en Chihuahua, Chihuahua, en 1867 y murió en Buenos Aires, Argentina, en 1920. Destacado orador conocido como "El Príncipe de la palabra". Diputado en el Congreso de la Unión. Bibliotecario de la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Profesor de la Preparatoria, secretario de relaciones exteriores, ministro plenipotenciario en Argentina. Colaboró en El Siglo Diez y Nueve y en la Revista Moderna.

El Modernismo no tuvo una expresión novelística —a menos que aceptemos por tal el Bachiller de Nervo y algunos de sus encantadores cuentos—, pero sí contó con un prosista superior y “sensual” orador poético enamorado de la Grecia francesa y dotado de un extraordinario don para las metáforas relampagueantes y el ritmo de la frase: Jesús Urueta, uno de los mejores mimos que hayan ocupado nuestra tribuna.

 

José Juan Tablada
1903 / 28 nov 2017 08:31

El público, el grueso público conoce a Jesús Urueta… cuando transfigurado por la fuerza genial de su talento, airosamente erguido en la tribuna, se impone por la harmonía impecable de su gesto, por la sonora dicción de su palabra, por el esplendor de la suntuosa imagen y el vigor hercúleo de la Idea. Por manera unánime, el simple nombre del artista invoca en todos los ánimos el episodio glorioso de un festival de la inteligencia, una noche de triunfo y de entusiasmo, un auditorio conmovido y subyugado y allá en el proscenio, el perfil gladiatorio, la gentileza de efebo, el aspecto ático del joven tribuno que envuelto en la doble harmonía de su verbo milagroso y de su gesto eurítmico, entre ademanes que parecen encender nimbos, deshojar rosas, arrancar lauros triunfales o alzar urnas votivas, substituyen su corazón y su cerebro al cerebro y al corazón del público unificado en la admiración y el entusiasmo delirante.

Pero si el orador es conocido, aplaudido y aclamado en triunfos y ovaciones que sólo él sabe provocar, el escritor artista está lejos de gozar la fama que merece.

Urueta es un escritor artista de profunda y cabal cultura, de grandes facultades críticas, de claras e infalibles intuiciones en todo cuanto a la belleza se refiere. El alma del diletante definido por Bourget ha encarnado en él. Por ello es un helenista iniciado en los matices más fugaces del “milagro griego”; por ello se identifica con todos los prodigiosos del Risorgimento italiano y de Cimabue al Vinci o Rafael, del Dante a Maquiavelo, ama y comprende a sus genios como un Vasari, un Ruskin o un Hesse. Por ello es Urueta un talento esencialmente moderno, ciudadano intelectual de París, parroquiano y arcade del cuartel latino y de Montmartre.

La obra literaria de Urueta es escasa; un editor de la metrópoli acaba de alcanzar un éxito editando un volumen de cuentos, deliciosos todos, pero que son bocetos y cartones para los alientos y las facultades de este artista capaz de ornar con enormes frescos murales y relieves Rodinianos una basílica de la literatura. Urueta sólo con quererlo, podría engendrar la obra maestra y ecumenizar su genio. Una promesa, un ampo auroral de esa obra magistral fue la Introducción de “Dulcinea” publicada hace años por la Revista Moderna. El divino poema vendrá; sólo que el artista, como las madres de los héroes de la epopeya nipona, había llevado durante largos años en su glorioso vientre al hijo semidios…

Y sin embargo, nadie que conozca a Urueta podrá culparlo de indolencia. El verlainiano Ce qu’il nous faut á nous es una de sus convicciones y en el buen  retiro de su escogida biblioteca evoco su imagen familiar, inclinado sobre el libro que “acaba de llegar”, a la luz de la lámpara, en la actitud ensimismada del “viejo Fausto de las estampas”. Sólo el estudio obstinado y constante puede afirmar una cultura tan profunda y tan armoniosa como la que caracteriza a Urueta y le confiere título de príncipe en la aristocracia intelectual.

Y este gesto literario que acompaña a la carátula dibujada por Ruelas, es una pobre cosa para el excelso artista que es Urueta… Alguna vez la admiración que mi cerebro le tributa, el amor fraternal con que mi alma lo siente, habrán de exteriorizarse más dignamente.

Hoy concluyo evocando la memoria de los Ilustres a quienes Urueta ama y me complazco pensando que de conocerlo esos genios lo amarían. Renán le hubiera llamado hijo mío, y D’Annunzio y Anatole France reconocerían su espíritu fraternal.

Sin eso Urueta es una amada gloria nuestra, ilustre en la tribuna, en la cátedra, en el libro; Artífice y Poeta Triesmegista…

David Alejandro Martínez
2018 / 21 nov 2018 13:19

Jesús Urueta Siqueiros nació en la ciudad de Chihuahua, Chihuahua, el día 9 de febrero de 1867 y murió cuando desempeñaba un cargo diplomático en Buenos Aires, Argentina, el 8 de diciembre de 1920. Hijo del médico y político republicano Eduardo Urueta Gómez, originario del Estado de Morelos, y de María del Refugio Siqueiros Sarvide de familia chihuahuense. Se casó con Tarsila Sierra González, hija de Santiago Sierra Méndez y sobrina de Justo Sierra, con la que tuvo cuatro hijos: Santiago, conocido como Chano, cineasta; Eduardo, poeta y dramaturgo; Cordelia, pintora, y Margarita Urueta Sierra, dramaturga, narradora y ensayista.

Debido a los cargos públicos que desempeñó su padre –fue senador en 1875 y 1886– se trasladó con su familia desde muy temprana edad a la Ciudad de México; ahí asistió a la Escuela Nacional Preparatoria, y llegó a ser uno de los discípulos preferidos de Justo Sierra; se recibió como abogado en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, donde laboró más tarde como bibliotecario.

En esta época (1893) comenzó a colaborar en El Siglo xix, en el que es protagonista de una anécdota singular: como estrategia para demostrar la mala fe de sus críticos, quienes comenzaron a atacarlo a raíz de la publicación de sus textos “Del caballete”, Urueta y algunos miembros del equipo de redacción de este periódico –encabezado por Francisco Bulnes, Carlos Díaz Dufóo y Luis G. Urbina– publicaron fragmentos poco conocidos de William Shakespeare, Leconte de Lisle y Shelley con la firma de Urueta. Como era de esperarse sus detractores mordieron el anzuelo e hicieron escarnio de la calidad literaria de los versos. Una vez caídos en “La ratonera”, título con el que se publicó la verdad detrás de toda aquella estratagema, los del Siglo xix exhibieron no sólo la mala fe de los críticos del joven Urueta, sino su poca cultura literaria; este suceso lo consigna, entre otros, José Juan Tablada en sus memorias.

Ese mismo año de 1893 apareció su primer libro: Fresca –del que luego preparó una segunda edición en 1903 agregando el subtítulo: Fresca. Ensayos de Arte–. Fue también jefe de redacción y colaborador de la Revista Moderna en su primera época (1898-1903) y consultor artístico en su segunda época como Revista Moderna de México (1903-1911). Perteneció al grupo literario modernista y desarrolló principalmente la prosa, el ensayo y la dramaturgia; se destacó como un excelente orador y tribuno, llegándosele a considerar el “príncipe de la palabra”.

En 1900 viajó, gracias a su protector Enrique Creel, a diversos países de Europa: Francia, Italia, España y Grecia, con la finalidad de acrecentar su cultura. En 1902, de regreso en México, contrajo matrimonio con Tarsila Sierra, como se ha dicho, quien era hermana de Evangelina Sierra, entonces esposa del también poeta José Juan Tablada. En 1903, como catedrático de la Escuela Nacional Preparatoria inauguró el curso de Lecturas Literarias con gran éxito, gracias, entre otros méritos, a sus dotes como orador; al año siguiente recogió sus conferencias sobre literatura griega en el libro Alma poesía. Conferencias sobre literatura griega (1904).

Su vida pública y política estuvo llena de episodios importantes y giros inesperados. Si bien en su juventud apoyó la causa reeleccionista, fungiendo como secretario del Club Central Porfirista –que 1892 buscó la permanencia de Díaz en la silla presidencial–, en 1909 participó en la fundación del Partido Democrático y publicó su manifiesto en abril de ese mismo año en el que se rechazaba abiertamente la dictadura. En 1911 apareció Pasquinadas y desenfados políticos en la Librería de Ch. Bouret, obra que reúne algunos de sus discursos y ensayos políticos más memorables.

Al inicio de la Revolución apoyó a Francisco I. Madero y fue director del periódico maderista Nueva Era, junto a Juan Sánchez Azcona. Para entonces ya se había destacado como un impetuoso orador. Posteriormente fue diputado del Congreso de la Unión en el gobierno de Madero. Durante los acontecimientos de la Decena Trágica, fue aprehendido junto a José María Pino Suárez y Sánchez Azcona, y trasladado a Puebla donde logró escapar acompañado de este último. Huyó a Veracruz y permaneció escondido hasta la caída de Huerta, cuando se reincorporó a las filas de la Revolución. En 1915 fue designado Subsecretario de Relaciones Exteriores y Encargado del Despacho de enero a junio, y fue delegado de México en el Congreso de Historia en Roma, cargo que le dio Justo Sierra después de haber rechazado el puesto de embajador en Persia. En octubre de 1916 apoyó la candidatura de Venustiano Carranza y fundó el Partido Liberal Constitucionalista. En 1917 fue diputado de la xxvii Legislatura. En 1919 preparó para la editorial Cvltura un volumen de sus Conferencias y discursos literarios.

Otros periódicos en los que colaboró a lo largo de su vida fueron: El Partido Liberal, México Nuevo y El Partido Democrático del que fue director.

En 1919, tras la muerte del poeta Amado Nervo, se trasladó con su familia a Argentina –tras una breve estancia en Nueva York– para cubrir el puesto que dejó el poeta nayarita como Ministro Plenipotenciario de Buenos Aires y Uruguay. Su salud llevaba meses siendo delicada, había padecido gripe española y después anemia perniciosa; el mismo Álvaro Obregón le había designado esta misión con la esperanza de que la calma y el cambio de clima le ayudaran a mejorar. No obstante, su estado de salud se fue agravando hasta que murió el 8 de diciembre de 1920. Sus restos fueron trasladados a México y velados en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Fue sepultado en la Rotonda de Personas Ilustres del panteón de Dolores, presidiendo el acto el presidente Obregón junto a otros intelectuales y artistas, como Martín Luis Guzmán.

La recepción de la obra de Jesús Urueta se encuentra divida por sus rutas temáticas: la de hombre público, “Tribuno de la Revolución”, y la del hombre de letras. Trabajos como el de su propia hija, Margarita Urueta, Jesús Urueta: Historia de un gran desamor (1967), o las páginas que muchos de sus contemporáneos le dedicaron en sus memorias y anecdotarios –Sánchez Azcona, Victoriano Salado Álvarez, Ciro B. Ceballos, Félix Palavicini, Ermilo Abreu Gómez, Martín Luis Guzmán y Max Henríquez Ureña, entre otros– destacan al amigo fiel, al hombre recto y comprometido con la Revolución, al orador cuya facilidad de palabra y elocuencia quedaba manifiesta en cada uno sus discursos. Sin embargo, son pocos los estudiosos que se detienen en su obra literaria.

Como buena parte de sus compañeros de la Revista Moderna, la figura literaria de Urueta quedó plasmada en las “Máscaras” que unos a otros se escribían. En este caso Tablada fue el encargado de destacar “los alientos y las facultades de este artista capaz de ornar con enormes frescos murales y relieves Rodinianos una basílica de la literatura”.[1] Ceballos no va más allá cuando escribe que “venció todas las rebeliones del trozo no rimado hasta darle sosegadas nitideces y tenuidades de sonido”.[2]

Como se puede apreciar el tono general de estas aproximaciones es impresionista. Quizá el primero en hacer una valoración más crítica de su obra, aunque no por eso libre de ciertos prejuicios, fue el poeta Ramón López Velarde, quien en el prólogo a Conferencias y discursos literarios destaca como un rasgo poco positivo la influencia parnasiana en su obra, asegurando que en ella la forma es tanto o más importante que el contenido.

Otras aproximaciones de la primera mitad del siglo xx, como las de Matías Maltrot –seudónimo de Santiago Urueta– que preparó el primer y único volumen de sus Obras completas (1930) y Jesús Urueta, su vida, su obra (1931), y Alfonso Teja Zabre responsable del volumen antológico Exequias del orador (1943), si bien intentan restituirle su lugar y valor dentro de la literatura nacional –y no ya en la historia política– terminan enfocando de nueva cuenta su vida.

El resto de los trabajos donde se aborda al escritor son, como se ha dicho, de carácter anecdótico o se limitan a repetir sus cualidades como orador y prosista, tal es el caso de Jesús Urueta (1962), del abogado y político Andrés Serra Rojas o Naturaleza de la elocuencia y cuatro semblanzas de oradores mexicanos (1987), de Salvador Azuela.

Se trata de una figura prácticamente ausente de las historias y antologías de literatura mexicana, amén de algunas excepciones: José Luis Martínez, Guillermo Díaz-Plaja y Francisco Monterde le dedican apenas un párrafo no mayor a diez líneas en su Historia de la literatura española e historia de la literatura mexicana (1955); mientras que Alfonso Reyes en su Resumen de literatura mexicana (siglos xvi-xx), conferencias dictadas en 1957 (Obras completas de Alfonso Reyes, xxv, 1991), destaca de él su calidad prosística, al igual que Emmanuel Carballo, quien además en su Diccionario crítico de las letras mexicanas en el siglo xix (2001) introduce las pequeñas prosas de Urueta que adelantan las que luego daría a conocer Julio Torri. Recientemente David Alejandro Martínez ha vuelto sobre la importancia de Jesús Urueta dentro de una historia de la dramaturgia mexicana no aristotélica en su trabajo Dramaturgias desde el mestizaje (2014).

MATERIAS RELACIONADAS
José Juan Tablada Amado Nervo Justo Sierra Luis Gonzaga Urbina Balbino Dávalos Alberto Leduc Jesús E. Valenzuela Ciro B. Ceballos Carlos Díaz Dufoo Salvador Díaz Mirón Joaquín Arcadio Pagaza Alfredo R. Placencia Manuel José Othón Manuel Gutiérrez Nájera Francisco González León Enrique González Martínez Efrén Rebolledo Marcelino Dávalos Rafael López Ramón López Velarde Bernardo Couto Castillo María Enriqueta Camarillo y Roa de Pereyra

Instituciones, distinciones o publicaciones


Pegaso. Revista Ilustrada
Fecha de ingreso: 08 de marzo de 1917
Fecha de egreso: 27 de julio de 1917
Redactor